Los primeros rayos de sol luchan por penetrar en la densa niebla que cubre las tierras del norte de Laos.
A casi mil metros de altura hace frío y reina el silencio. Sólo se oyen los golpes de viento y el susurro de las aguas cristalinas que corren por los ríos.
El alba descubre un mundo de sombras grises que van cobrando tonalidades ocres. Poco a poco se perfilan las siluetas de los árboles. Un poco más tarde se intuyen las pequeñas construcciones de bambú entrelazado y paja que jalonan el terreno.
Finalmente, el sol se impone y queda al descubierto un paisaje espectacular. Varias montañas, vestidas con diferentes tonos verdes, hacen de telón de fondo de los arrozales.
La cálida luz de la mañana les dota de un color rojizo, y el viento crea caóticas olas en el cereal.
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Lejos de las ciudades, pocos laosianos son conscientes del rumbo político y económico del país.
Más del 80% de la población vive de la agricultura de subsistencia, a pesar de que el terreno cultivable ocupa solo el 7% del total y muchos ni siquiera utilizan el dinero en su quehacer cotidiano.
El trueque es aún una forma de pago común en las zonas más remotas. Alrededor del 65% de la población vive sin electricidad ni agua corriente, aunque Laos es el país asiático con mayor capacidad hidroeléctrica.
La mayoría reside en pequeños poblados regidos por jefes elegidos de forma acorde con la tradición: por la estirpe y la edad.
La organización social difiere muy poco de la de sus ancestros del medievo.
Más información sobre esta campaña en el sitio www.free-burma.org, en el wiki oficial y Amnistía Internacional.
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