Luang Prabang

El antiguo reino de Luang Prabang, hoy convertido en una ciudad santa por mor de los monasterios y templos que se han ido erigiendo en ese cuenco privilegiado, es un vergel protegido por un circo de montañas que sólo el Mekong atraviesa majestuosamente.

Lang Xang, “el Reino del Millón de Elefantes”, que así se llamaba en el siglo XIV este histórico y resguardado reino en las orillas del Mekong, sólo tardó cuatro años en cambiar su nombre por el de Muang Xieng Thong (Ciudad de oro), hasta que en 1512 el rey Visounarat se convirtió al budismo y aceptó una famosa imagen de un buda erguido como regalo del emperador Khmer de Cambodia.

La estatua no era cualquier cosa, sino una magnífica representación de oro macizo de un buda de pie y estilizado como no existía otra en el mundo.

Esta imagen, que se conserva en el antiguo Palacio Real, ahora museo de la ciudad, es una pieza única, de extraordinaria rareza, que contrasta con las habituales figuraciones del Buda, siempre orondo y sentado en meditación.

Para darse idea del valor del regalo y completar el cuadro, hay que imaginarse a la estatua viajando en palanquín a través de los caminos y selvas de la Conchinchina, acompañada por un séquito de guardias, sirvientes y fanfarrias, y durante un periplo no menor de un año.

Naturalmente, tal gesto fue el inicio de un gran fervor religioso que cristalizó en numerosos templos y estupas que aún hoy perviven en su mayoría, salvaguardados por el celo de un ejército de monjes que salpican de color las riveras del Mekong.

No es de extrañar, pues, que el nuevo reino converso adoptara el nombre de Luang Pra Bang —literalmente, «Gran Buda Estilizado»— y que la imagen del Buda erguido sea desde entonces conocida en el mundo budista como el Buda de Luang Prabang.

Pero eso es la historia. ¿Cómo es posible que el budismo conviva ahora en tan buena armonía con el comunismo imperante en Laos?

Eso son misterios de Asia. Lo que se puede afirmar con absoluta rotundidad es que en los monasterios de este país no hay una crisis de vocaciones comparable a la que asuela a las órdenes religiosas de Occidente.

De hecho, llama la atención la extraordinaria juventud de la inmensa mayoría de los renunciantes, en muchos casos niños de ocho o diez años, que trabajan duramente, igual que sus mayores.

¿Y de qué viven los monjes?, se preguntarán muchos. La respuesta es muy simple: de la caridad.

Todos los días, a las seis en punto de la mañana, cuando la sopa de fideos del desayuno rompe a hervir en grandes pucheros de hierro sobre las aceras de Luang Prabang, una hilera interminable de monjes vestidos con sus característicos hábitos de color naranja, avanza lentamente en silencio con sus cuencos metálicos en ristre para recibir la limosna de los fieles.

Éstos, arrodillados sobre esteras, van depositando en los cuencos arroz, frutas, alimentos y óbolos, sin que los monjes detengan el paso ni miren a sus dadores.

Algunos, depositan parte de lo recibido en grandes cestos para los pobres y se desvanecen tan mágicamente como aparecieron. Todo el ritual dura apenas unos minutos y uno se queda preguntándose si no habrá sido un sueño lo que han visto sus ojos.

Si alguien piensa que los franceses no dejaron en Laos más rastro que las baguettes, un puñado de villas y el juego de la petanca, debería pasarse una mañana por el Palacio/museo de Luang Prabang —y casa del Gobernador francés durante el Protectorado— y contemplar los espléndidos murales que adornan las paredes con representaciones de la vida cotidiana de la época, elefantes incluidos.

Después, antes de que el calor apriete, hay que subir los 363 escalones que llevan a lo alto de la colina de Phu Si y asomarse desde su privilegiado mirador al vergel que se extiende alrededor. Algo mágico ha de tener esta tierra cuando todo lo que brota de ella desprende aromas tan intensos.

No en vano, el champa lao, la flor de delicados pétalos que perfuma las noches de este reino del silencio, es el símbolo nacional del país.

Vía El Mundo – Viajes

En 1995 la República Popular de Laos centró la atención de los medios españoles.

No en vano, el fugitivo más buscado por la policía española, Luis Roldán, apareció, supuestamente, en territorio laosiano, tras diez meses huido de la justicia. Luang Prabang, antigua capital del país con 15.000 habitantes y una apacible existencia en mitad de un entorno montañoso, se barajó como uno de sus probables refugios.

Por entonces la ciudad comenzaba a duras penas a despertar del letargo en el que había vivido en los últimos años.

La escasez y el mal estado de las rutas terrestres y un acceso por río sólo factible en época de lluvias aún la mantenían desconectada del resto del mundo, y sus calles, que habían visto huir a casi una cuarta parte su población tras al llegada al poder en Laos del Pathet Lao o gobierno comunista en 1975, languidecían con muchos de sus edificios abandonados.

(…)

Vía Revista Viajar

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4 comentarios en “Luang Prabang

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