Vientiane

Vientiane es el principal punto de entrada para la mayoría de los turistas, que llegan bien por el aeropuerto, bien a través del Puente de la Amistad que, cruzando el Mekong, une Laos con Tailandia.

A pesar de ser la capital, esta destartalada población adornada con numerosas templos puede parecer un auténtico remanso de paz, sobre todo si se llega hasta aquí desde alguna de las populosas ciudades de los países vecinos, como la tailandesa Bangkok, o las vietnamitas Hanoi y Ho Chi Minh.

En cambio, si antes de parar en la capital se visitan otras poblaciones laosianas, como la todavía más plácida Luang Prabang, Vientiane (nombre pronunciado por los lugareños de una manera muy particular: Viang Chan) puede parecer incluso ajetreada.

Especialmente ahora que la ciudad está sumida en una vorágine de obras que intentan modernizarla y que por sus amplias avenidas circulan ya numerosos coches coreanos y japoneses que esquivan con maestría a las hasta hace poco predominantes bicicletas.

Imprescindible resulta un paseo por la orilla del Mekong, y la visita a alguno de los templos, el principal atractivo de la ciudad. Destacan el Wat Si Saket, que encierra miles de figuras de Buda de diferentes tamaños y materiales, e interesantes y coloridas pinturas que narran la historia del fundador del budismo, y el Pha Kaew, antiguo templo utilizado por los monarcas laosianos y hoy convertido en Museo.

No muy lejos de aquí, el Pratuxai, algo parecido a un arco del triunfo levantado en los años sesenta con el cemento enviado por Estados Unidos para construir un nuevo aeropuerto.

Desde arriba, a pesar de lo cochambroso de las escaleras interiores, hay una buena vista de la ciudad y sus amplias avenidas, una de las cuales conduce al Phat That Luang, un enorme relicario construido, dicen, para conservar el esternón de Buda.

Ahora este monumento, considerado el más sagrado del país, no sólo ha cambiado su antiguo color blanco para convertirse en una maciza tarta dorada, sino que ha pasado a formar parte, desde 1992, del escudo nacional, sustituyendo a la hoz y el martillo incorporados tras la llegada a poder de los comunistas.

Tampoco hay que perderse el animado Mercado de la Mañana, aunque ya hace tiempo que desaparecieron los puestos callejeros que utilizaban como toldo los viejos paracaídas capturados a los estadounidenses durante la guerra.

Y antes de abandonar la capital es imprescindible acercarse al curioso Xieng Khuan que, popularmente conocido como Parque Buda, es un extravagante conjunto de esculturas medio budistas medio hinduistas salidas de la mente de Bunleua Sulilat -que creó su propia doctrina religiosa en los años cincuenta-, y de los bolsillos de algunos de sus numerosos fieles, que aportaron el dinero para realizar la obra.

Vía El País

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